La historia de la evolución humana puede contarse como un cuento. De hecho, hay quien la ha estudiado como si de
un cuento se tratase. Ésta es una historia en constante evolución. Un cuento cuyos capítulos no pueden quedarse quietos, pues deben acomodar constantemente nuevos descubrimientos fruto del trabajo científico.
Esta semana, un pedacito de ese quehacer científico aparece en la revista
PNAS y
reescribe -anota, me veo tentado a decir- el capítulo en el que los primeros
Homo, los hábiles, dan lugar a la siguiente, y
anatómicamente más similares a ti, lector, y a mí, especie:
Homo ergaster o
erectus.
Las doctoras Suzana Herculano-Houzel -a quien he entrevistado- y Karina Fonseca-Azevedo,
del Instituto de Ciências Biomédicas de la Universidade Federal do Rio de Janeiro, Brasil, aportan pruebas frescas que vienen a apoyar la tesis de que para tener un cerebro
desproporcionadamente grande como el nuestro, haría falta
cocinar.
Dos puntos clave en esta frase: desproporcionadamente y cocinar.
Los que las científicas han hecho es comparar el número total de neuronas en el cerebro de primates no humanos -el gorila, en particular- con el número de neuronas del humano. La cantidad de neuronas en el gorila es mucho menor que en el de un humano, si tenemos en cuenta el tamaño del cuerpo. Esto es importante porque el tamaño absoluto, o el número total de neuronas, sin más no nos dice mucho sobre la inteligencia de un animal. Tengamos en cuenta que cualquier ballena tiene un cerebro mucho, pero que mucho más grande que el de cualquier humano. Ello, sin embargo, no la hace más inteligente. Cuantas más células tiene tu cuerpo, más neuronas necesitas en tu cerebro para regular su funcionamiento.
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Ahora, pasemos al segundo punto. ¿Por qué cocinar? Según comenta la Dra. Herculano, un gorila típico puede pasar hasta ocho horas al día alimentándose y, a pesar de ello, tan solo cubrir sus necesidades calóricas más esenciales. Una dieta basada en alimentos, principalmente vegetales, crudos aporta muy pocas calorías. En cambio, si introducimos la acción del fuego, es decir, la cocina de los alimentos, la cantidad de calorías que podemos extraer de los mismos alimentos crece considerablemente. Un magnífico resumen de por qué lo puedes encontrar en
Wikipedia:
"Mediante la cocción modificamos los componentes físicos y bioquímicos del alimento, mediante uno o varios de estos procesos: ablandamiento, coagulación, hinchamiento o disolución. Gracias a ello los productos los podemos consumir mejor (arroz, harina, legumbres secas...) o son más fáciles de absorber. Así pues, con la cocción de las verduras conseguiremos la destrucción de la pectina o del almidón y con ello lograremos se hagan que el alimento se ablande y facilitaremos la digestión.
Si se cuecen
carnes o
pescados, en primer lugar se modificará el color, más adelante comenzará a disminuir la cantidad de jugo y terminará destruyendo el tejido conjuntivo (
colágeno), contribuyendo a su tiernización. Además de la coagulación de las proteínas, lo que las hace más digestibles."
Lo que une estas dos ideas, la desproporción del cerebro humano en relación con su cuerpo con la de la cocina, es la siguiente. Entre los primeros Homo y los ergaster, el tamaño del cerebro se duplica. Esto es algo que ha intrigado desde hace tiempo a los científicos. ¿Qué permitió el desarrollo de un cerebro tan grande, teniendo en cuenta que el cerebro es uno de los órganos más costosos -que más energía consume- del cuerpo?
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La explicación clásica a este rompecabezas tiene que ver con la carne. Al pasar de una dieta esencialmente vegetariana a una
generalista u omnívora, nuestros antepasados habrían conseguido esa cantidad extra de alimento -calorías, sí, pero también proteínas y grasas escasas o inexistentes en los vegetales- que habría hecho posible un proceso retroalimentado esencial para nuestra evolución:
caminar sobre dos patas, fabricar herramientas con las extremidades ahora libres y usar estas herramientas para conseguir más y mejor alimento -en este caso, la dichosa carne, en forma de carroña.
Herculano opina que no. Es decir, que el argumento de su historia es otro y diferente. Compartiendo las
tesis del profesor Richard Wrangham, dice que sin el poder del fuego, sin la capacidad de transformación del fuego sobre el alimento, de ningún modo nuestros antepasados podrían haber desarrollado unos cerebros tan grandes -y costosos de mantener.
Hay
pruebas fósiles de fuego en asentamientos humanos fechad
os en varios cientos de miles de años atrás. Éstas podrían ser la clave de que el fuego estuvo íntimamente relacionado con la evolución de nuestro género -el género
Homo- y, para Herculano y Wrangham, demostraría también que fue el elemento que hizo posible eso que ha sido llamado el pedazo de materia más complejo del universo -conocido-, es decir, nuestro cerebro.
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Para acabar diré que, muchos antropólogos están en desacuerdo, no con los datos de Herculano, que son claros y sólidos, sino con las conclusiones que se derivan de ellos o, mejor, que éstos intentan apoyar. Que el fuego fuera necesario para la aparición de los primeros humanos de cerebro grande es algo que todavía no está, ni mucho menos, probado. Sin ir más lejos, uno de los directores del yacimiento de
Atapuerca, el
Dr. Eduald Carbonell, cree que a pesar del papel clave del uso del fuego, éste no tuvo relación con la aparición de los primeros
Homo ergaster o
erectus -como me comentó durante el rodaje de mi documental
En Busca del Primer Europeo-.
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