Para comunicarse, las hienas dejan rastros sobre el pasto. Ese rastro es una sustancia en forma de pasta cremosa que producen las glándulas odoríficas que tienen cerca del ano. Esta pasta contiene moléculas orgánicas con un olor fuerte, resultado de la fermentación que llevan a cabo las bacterias.
Un estudio publicado en la última edición de Scientific Reports, demuestra que las comunidades bacterianas que crecen en las glándulas odoríficas de las hienas son mucho más similares entre los miembros de un clan que entre miembros de distintos clanes. Es decir, que gracias a las bacterias, las hienas son capaces de identificar a los miembros de su propio clan.
Estos animales viven en clanes de 40 a 80 miembros, pero no todos están juntos a la misma vez. Aunque en algunas ocasiones miembros de distintos clanes se aparean, las hienas son animales muy territoriales. “Las hembras no toleran que hembras de otro clan entren en su territorio. Si esto ocurre, las peleas entre ellas pueden ser feroces”, dice el Dr. Theis.
La investigación se llevó a cabo con una población de hienas manchadas, Crocuta crocuta, en la reserva natural Masai Mara en Kenya. Los investigadores hicieron un muestreo que incluyó hienas pertenecientes a cuatro clanes distintos. Después de anestesiarlas, obtuvieron muestras de sus glándulas odoríficas.
El análisis de estas muestras demostró que todas las hienas tienen las mismas bacterias, pero la proporción de éstas varía significativamente entre miembros de distintos clanes. Además, se encontró que aproximadamente la mitad de las bacterias identificadas no han sido clasificadas previamente, lo cual indica que algunas de ellas podrían ser especies nuevas para la ciencia.
Los investigadores utilizaron una técnica que habitualmente se usa para identificación de bacterias pero que nunca había sido aplicada con las que crecen en las glándulas odoríficas de las hienas. Esta técnica, llamada sequenciación de ARN ribosomal 16S, surgió hace pocos años y tiene a ventaja de que la amplificación del gen puede hacerse tanto a partir de bacterias cultivadas en el laboratorio como de muestras obtenidas de organismos vivos, que es precisamente la opción que adoptaron los científicos en este estudio. Una vez obtenida la muestra, se aísla el ADN, se secuencia y con la información obtenida ya se puede identificar las bacterias.
Investigaciones previas habían usado técnicas basadas en el cultivo de las bacterias dentro del laboratorio. Pero, como explica el Dr. Theis, “es muy difícil encontrar las condiciones adecuadas para que estas bacterias crezcan en el laboratorio, porque no es un ambiente en el que se puedan reproducir las condiciones a las que estos organismos están adaptados. De manera tal que la información que se obtiene usando estas técnicas es incompleta”. El ambiente en el que crecen normalmente estas bacterias es muy particular y reproducir en un laboratorio la exacta concentración de oxígeno, los nutrientes y otros factores, es casi imposible. Además, la viabilidad de la muestra decrece rápidamente al ser expuesta al oxígeno. Todo esto lo evitaron los autores del estudio al trabajar directamente con el ADN.
Todos los animales cohabitan con bacterias. También los humanos con las que viven en nuestra piel, boca, intestino, etc. Nos beneficiamos de ellas como ellas de nuestro organismo. De la misma forma, las bacterias que producen los olores en las glándulas de las hienas se benefician de un lugar húmedo, tibio y con acceso a nutrientes. A cambio, las hienas obtienen un medio de comunicación.



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